Para muchos animales, Cali es la 'sucursal del infierno'

(Foto: El Espectador) (Foto: El Espectador)

En su  computador personal, las imágenes están guardadas en una carpeta que bajo el título ‘peores fotos de caballos’, constituye un álbum, a su vez, de las peores fotos de nuestra especie: todas son fotografías de caballos carretilleros que acabaron humillados de las más crueles  formas por los hombres que llevaban comida a su familia, justamente, gracias a esos caballos. Verlas es asistir a una penosa clase de humanidades.

Entre las fotos, la de Paco, un caballo castaño decomisado en el Distrito de Aguablanca, que con una herida bajo uno de los ojos fue obligado a trabajar remolcando una carreta hasta que la infección le tumbó un pedazo de carne. Entre las fotos, la de un caballo moro con señas de haber tenido las patas amarradas y que Lida sospecha sufrió la misma desgracia de otro caballo que hace tiempo rescató en el barrio El Guabal, víctima de su amo, que lo violaba con una pala por las noches.

Entre las fotos, caballos cortados a machete porque no fueron capaces de seguir arrastrando escombros. Caballos quemados.  Se equivoca quien crea que los policías ambientales no tendrán que enfrentarse con las peores caras del mal que recorren Cali: la abogada Lida Yaneth también cuenta de caballos con las ancas perforadas por balas, luego de que sus dueños borrachos, relincharan de gracia jugando al tiro al blanco.

Todos los días a la Policía  llegan entre 10 y 12 denuncias de violencia animal. No todas pueden  cubrirlas. En el 2014 atendieron 904 casos. El año pasado, 1172.

Algunas de esas denuncias, cuenta el patrullero Carlos  Yáñez, alcanzan a presentarse a buena hora, como hace dos semanas cuando una llamada  les permitió impedir la comercialización de 48 pichones de lora  en la galería de La Floresta; las tenía el mismo tipo que en el 2012 fue soprendido intentando vender un Arawana, un exótico pez amazónico de caza prohibida. Pero en otras ocasiones, en muchas ocasiones, dice el patrullero, no consiguen el milagro, como les ocurrió en diciembre cuando no llegaron a tiempo para contener a una bestia que le roció gasolina a su perrita y luego le prendió fuego.

 O como el lunes pasado, cuando Rubén Darío Rojas, de 18 años, en una discusión doméstica, la agarró contra los pajaritos de su mamá, degollando a una de las aves y estrellando otra contra el suelo; en este caso, sin embargo, el alivio que les queda a las autoridades es que el muchacho se convirtió en el primer capturado por maltrato animal denunciado en Cali, luego de que el pasado 6 de enero entrara en vigencia la Ley 1774, gracias a la cual los animales al fin  son reconocidos como ‘seres sintientes’  ante el Código Civil.

 “Enfermos. Una persona que atente contra un animal es capaz de atentar contra cualquier  ser”, dice el Intendente jefe de la Policía Ambiental de Cali, que quizás en un juego del destino, o más bien en un designio de la naturaleza, se apellida Zorrilla y que, como un mal olor, lleva 18 años persiguiendo a los maltratadores de animales y  traficantes de especies silvestres.

Buena parte de su trabajo, dice, se ve reflejado en este último sentido: hace diez años más o menos, cuando Cali se había convertido en una suerte de muelle internacional para la exportación ilegal de especies salvajes, podían hacer entre 50 y 60 incautaciones al mes y ahora  los decomisos son la mitad de eso. Sigue siendo mucho pero es un logro, dice Zorrilla.

En lo que va del 2016, ya han sido capturadas cuatro personas involucradas en delitos relacionados con el aprovechamiento de la fauna y los recursos naturales de la región.

El optimismo del Intendente, aún así, se quiebra ante la realidad. Pese a la activación de la Ley contra el maltrato y el ejemplo que llegue a representar para los violentos el hecho de que el primer capturado en Cali enfrente una condena que podría darle tres años de cárcel y una multa de hasta 41 millones de pesos, las otras cosas que aquí suceden (o no suceden), van en contravía del esfuerzo legislativo y de las autoridades: Paz Animal, la fundación que desde 1995 trabaja prestando servicios de clínica y albergue para los animales que desprotegidos dan tumbos por la ciudad,  se anuncia a días de cerrar las puertas.

La preocupación arruga la nariz de Zorrila: entre perros, gatos, caballos, pájaros y fauna silvestre, la Fundación atiende en promedio unos veinte mil animales por año; 600 de ellos, liberados del yugo al que estaban sometidos, viven ahora en un albergue campestre en Borrero Ayerbe. La clínica, a diario, atiende gratis unos quince casos. ¿A dónde van a ir a dar?

Ese quijote imprescindible y bello que se llama  Liliana Ossa y que es la directora de Paz Animal, cuenta que hasta ahora se habían mantenido gracias a las donaciones de varias buenas personas y algunas empresas que le permitían  reunir, entre suministros y efectivo, los 32 millones que cada mes vale mantener a la Fundación y sus empleados. De ahí sale todo el presupuesto.

 Paz Animal nunca ha contado con el apoyo de las Administraciones municipales, ni de ninguna Gobernación, por lo que un solo recorte de los donativos lo hace temblar todo. Y eso es lo que está pasando:

 “Nosotros hemos sido un referente en la lucha, pero ya no tenemos cómo seguir funcionando porque el trabajo que hacemos es profesional y vela por la dignidad y los derechos de los animales que atendemos y cuidamos. Con menos dinero es imposible seguirlo haciendo igual. Y ante eso yo prefiero cerrar, aunque sea una vergüenza para Cali”.

Muchos de los ejemplos más vergonzantes de la violencia contra los animales, se recuperan o se resignan a la vida que les quedó, en el refugio silvestre acondicionado por la CVC en zona rural de Palmira.

Hasta la hacienda San Emigidio llegan monos bebés que fueron arrancados de los brazos de sus madres y que al ser criados como niños de casa ya nunca podrán valerse por su cuenta. Han llegado tortugas  con los caparazones pintorreteados en alusión al Mundial de  Fútbol de Brasil.  

Hay tres ocelotes hermosos que olvidaron la forma de cazar una presa. Guacamayas con el vuelo y la comprensión atrofiadas: a una, le enseñaron el ‘Ilari lari eh’ de Xuxa; otra grita ¡Alo? Hay un puma que un narco mandó a traer de las selvas chocoanas y que tras años de jaulas y mala alimentación, creció con la columna torcida. Remedo de fiera.

Allí vivirá sus últimos años una mona araña a la que un ser   humano que se creyó su dueño le cercenó el clítoris. Julián Castro, el biólogo que en San Emigidio ayuda con el cuidado de todos esos sobrevivientes a nuestra raza, dice que lo que más le aterra de lo que ha tenido que ver  en ese lugar es el insaciable deseo del hombre por poseer: la otra vez recibieron a un oso perezoso al que le habían partido las manos a machetazos  para quitarle la cría. 

Por suerte para los animales del refugio, las ciudades quedan tan retiradas que ni alcanzan a oírse. Cali está lejos, a hora y media de camino. La fortuna que les provee esa distancia, sin embargo, tal vez sea al mismo tiempo un infortunio para todos los hombres que no saben nada de lo que allí se ve. Las bestias van por ahí, erguidas en dos patas, urgidas de una clase de humanidades.

Fuente: El País de Cali

http://www.elpais.com.co/elpais/cali/noticias/para-muchos-animales-cali-sucursal-infierno

 

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