Campesinos dejaron la guerra atrás para cuidar los bosques

(Foto: pormorelossi.com) (Foto: pormorelossi.com)

Casi mil familias de 3 zonas del país tienen ahora proyectos de desarrollo sostenible.

Reiner Rodríguez, campesino del corregimiento de Santo Domingo del Ramo en Carmen de Chucurí en Santander, no recuerda que las palabras ‘reforestación’ o ‘medioambiente’ se mencionaran hace 20 años, cuando los paramilitares desterraron de este municipio a la guerrilla, en medio de hostigamientos y combates.

“Era un tema que no se escuchaba para nada. Ellos mismos vivían de extraer la madera, cortaban todo lo que podían. Eran los que mandaban y nosotros teníamos que pagarles las ‘vacunas’”, recuerda Rodríguez.

Hoy deriva su sustento precisamente de los beneficios de esos conceptos antaño desconocidos por él. Por más de cuatro años, Reiner se ha dedicado a restaurar los bordes y nacimientos de las quebradas de su municipio, que quedaron arrasadas tras varias décadas de uso indiscriminado y falta de conciencia del daño ambiental.

“Si a nosotros hace 15 años nos hubieran dicho que podíamos cortar la madera pero a la par ir sembrando, no sé si lo hubiéramos hecho. Ahora tenemos problemas hasta para conseguir las semillas de algunos árboles que dejamos de ver por completo”, asegura el campesino.

Pero luego de cuatro años de hacer las paces con la naturaleza, ella no les da malas señales. Según él, incluso, ya hay pruebas de que la restauración que han hecho en los últimos años ha funcionado. “Acabamos de pasar el verano más pesado que hemos vivido por aquí, y no se nos acabó el agua”, relata con orgullo.

La de Reiner es una de las mil familias campesinas que han cambiado su manera de ver el campo con la ayuda del Acuerdo para la Conservación de Bosques Tropicales (TFCA), un programa ambiental financiado a partir de un mecanismo conocido como canje de deuda por naturaleza, que ha permitido que ellos se formen en prácticas sostenibles como cercas vivas, siembra de árboles en potreros y protección de acueductos veredales.

Estas acciones de conservación de bosques y cambios de prácticas agrícolas, que administró y acompañó la organización Fondo Acción se concentraron en tres zonas del país: la Serranía de Yariguíes en Santander, el corredor andino de Bosques de Roble y en la Reserva de la Biosfera del Tuparro (ver recuadro).

Y a diferencia de otros proyectos en el sector ambiental, según José Luis Gómez, director de Fondo Acción, el éxito de estas historias es que son iniciativas pensadas entre los tres y los nueve años de ejecución para que sea posible una verdadera apropiación de los ciudadanos.

Historias como la de este campesino de Santander forman parte de los proyectos que en el futuro necesitará el país, debido a que en unos meses posiblemente finalice el conflicto armado con la guerrilla de las Farc, a raíz de la firma de la paz en La Habana (Cuba). Ya se habla de las nuevas amenazas que tendría el medioambiente en un escenario de posconflicto.

Áreas de conservación que por décadas estuvieron paradójicamente blindadas por la presencia de los grupos armados recobrarían nuevos atractivos para el desarrollo económico de actividades como la minería, la ganadería y la construcción de infraestructura, entre otros.

De otro lado, regiones donde el paso de la guerra ha generado degradación ambiental también quedan expuestas a que se sigan deteriorando o que la gente migre de ellas.

¿Qué va a pasar en esas áreas? ¿Cómo se organizará una gestión sostenible de esos territorios? ¿Qué hacer ante los nuevos intereses económicos? Son las preguntas que están rondando entre el sector ambiental. 

Soluciones locales

En la serranía de los Yariguíes, el área aledaña al municipio al que pertenece Reiner, el apoyo a 730 familias campesinas para hacer un uso sustentable de su territorio logró conservar y restaurar bosques en 4.214 hectáreas.

Con esta protección, se logró blindar a 140 nacimientos de agua, pero también, según datos de Fondo Acción, se pudieron desarrollar sistemas productivos con buenas prácticas en 4.000 hectáreas, permitir que cerca de 200 fincas cafeteras cuenten con certificación Rainforest Alliance y construir cerca de siete viveros comunitarios.

En San Vicente de Chucurí (Santander), otro municipio de la zona, también hubo avances para darle un espaldarazo al medioambiente. Por ejemplo, allí la administración municipal acordó, con el apoyo de la Fundación Natura, la exención del impuesto predial para propietarios de inmuebles con fines de conservación en la zona rural del municipio.

En esta área forestal también se ubica el Parque Nacional Natural Serranía de los Yariguíes, que tiene cerca de 59.016 hectáreas y se caracteriza por ser el sistema montañoso de mayor altitud en las estribaciones occidentales de la cordillera Oriental.

Debido a su aislamiento, las condiciones de los vientos y localización entre la zona húmeda del Magdalena Medio y la muy seca del cañón del río Chicamocha, alberga gran cantidad de especies únicas.

Aquí se encuentran los bosques remanentes de mayor extensión y mejor estado de conservación en el departamento de Santander y nacen más de 40 pequeños ríos que abastecen a acueductos, sustentan la producción agrícola y surten al embalse de Hidrosogamoso, según la investigación de Fondo Acción.

Protegiendo el páramo

María Eduarda Alfonso vive en Santa Rosa de Viterbo (Boyacá) y se dedica desde hace varias décadas a la ganadería en el corregimiento de Robledales; pero de tres años para acá, la manera como trabaja su tierra cambió por completo.

“Nosotros invadíamos los páramos. Si necesitábamos terreno para mantener más vacas, corríamos las cercas. Teníamos 10 vacas que nos daban la misma cantidad de leche que hoy nos dan seis”, recuerda.

Ella y su esposo forman parte de las 255 familias que participaron en el programa de conservación del Bosque Andino de Roble, en límites entre Boyacá y Santander, donde ya están conservadas cerca de 4.423 hectáreas y protegidos 113 nacimientos de agua.

“Estamos en una altura de 2.900 metros sobre el nivel del mar, en plena amortiguación de páramos. Por eso nos enseñaron a mejorar las razas de ganado, cómo tener mayor ganado en el mismo espacio, a hacer bancos de forraje, a dividir nuestros potreros con cercas vivas, a fertilizar con abonos orgánicos”, cuenta.

Otro de los avances de esa región ha sido la creación de un mecanismo de microcrédito especializado para agricultura y ganadería sostenible entre la Asociación Semillas en alianza con Agrosolidaria.

La protección de esta zona es clave para la conexión ecosistémica del complejo de páramos Guantiva - La Rusia con el Santuario de Fauna y Flora de Iguaque.

De acuerdo con la publicación Territorios posibles de Fondo Acción, “los robledales, con aproximadamente 174.000 hectáreas, constituyen la zona continua más extensa de bosques de esta especie en el país. Allí hay roble blanco (Quercus humboldtii) y negro (Colombolanus excelsa), dos especies nativas altamente amenazadas y unas 20 especies endémicas. Estos bosques son muy importantes por su función de regulación hídrica, producción de materia orgánica y captura de gases de efecto invernadero”. 

Por tantos beneficios de cuidar a los robles, que ya son evidentes para la comunidad, es que María Eduarda cree que se irá cambiando la vieja mentalidad con la que trabajaban la tierra.

Protección para la selva de El Tuparro

Lejos de los páramos de Boyacá o de los bosques de Santander, en las llanuras del Vichada, se gestó la tercera zona de trabajo del Acuerdo para la Conservación de Bosques Tropicales (TFCA es su sigla en inglés).

Con la financiación de estos años en esta área del país se crearon tres nuevas reservas naturales privadas <TB>y se impulsó otra ya existente.

En total se lograron 11.930 hectáreas de tierras privadas en conservación.

La Reserva de Biosfera El Tuparro fue reconocida por la Unesco como un lugar de singular importancia a nivel mundial. Estos proyectos fueron logrados en campo por la Fundación Omacha, la Fundación Horizonte Verde,

la World Conservation Society Colombia y la Fundación Natura.

 

Fuente: El Tiempo. 

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