Inmarcesible

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Pueden escribirle al himno la estrofa doce, pero la verdad es que se le pide demasiado al lenguaje aquí en Colombia porque se espera muy poco de los colombianos.

Sí, el Himno Nacional de Colombia es el poema inverosímil de un presidente conservador que dijo ser liberal: “¡oh, gloria inmarcesible!, ¡oh, júbilo inmortal!”. Es una marcha de guerra, compuesta en 1887 por un reticente profesor italiano, denunciada alguna vez por un colombiano de profesión por ser sospechosamente parecida a una ópera de Donizetti llamada Belisario, cómo no. Ha sido celebrado sin temerle al ridículo: “es el segundo mejor del mundo...”. Ha sido parodiado para que se parezca más al país: qué bueno es el 'Aquí manda el patrón' de la película 'El Colombian Dream'. Ha sido reemplazado por 'Soy colombiano', por 'La tierra del olvido', por 'Qué bonita es esta vida'. Fue demandado ante la Corte Constitucional en 1997 por –según dijo el demandante– llamar a la rebelión armada, a la lucha de clases, a la discriminación, a la violencia: “ ‘deber antes que vida’, / con llamas escribió”.

Pero hasta la semana pasada, cuando lo planteó una agencia de publicidad, nadie había propuesto hacerle al pobre himno una estrofa nueva que simbolice el nuevo país “en paz”.

Puedo imaginarme la adrenalina de ‘los creativos’,“uy, ¿y si le pedimos a la gente la estrofa del posconflicto?”, pero no me parece que la idea esté midiendo qué tan capaces somos del optimismo, sino que está recordando que el patriotismo es el as en la manga de los violentos. Qué importa el himno: la propia Corte dijo en su respuesta a la demanda –en la sentencia C-469 de 1997– que “es patrimonio cultural de la nación”, pero que “no tiene en sí mismo fuerza vinculante como norma de derecho positivo”. Es un monumento que suena a las seis, sí, un recordatorio de la historia que tendremos que asumir: Núñez escribió “La Virgen sus cabellos / arranca en agonía...”, por ejemplo, porque hemos carecido de sentido del ridículo. Y sin embargo, ante la propuesta de reformarlo, demasiados reaccionan como si les estuvieran poniendo en duda a la mamá.

Es que todo el mundo se ha sentido “un patriota” aquí en Colombia: los conspiradores que crucificaron a tiros a tantos candidatos presidenciales; los grupos guerrilleros que secuestraron, extorsionaron, pusieron collares bomba para librarnos del imperialismo; los narcos sanguinarios con ínfulas bolivarianas que llevaron la guerra a las ciudades; los grupos paramilitares que masacraron, descuartizaron, jugaron al fútbol con cabezas para librarnos del comunismo; los caudillos delirantes que propusieron marchar este veinte de julio con banderas y camisas negras (“porque negra tengo el alma...”) como parodiando los símbolos fascistas, como partiendo de la base de que nadie conoce la historia, y mucho me temo que podría haber escrito este párrafo en presente.

Pueden escribirle al himno la estrofa doce, por qué no si no es más que un experimento, pero la verdad es que se le pide demasiado al lenguaje aquí en Colombia (“una palabra tuya bastará para sanarme...”) porque se espera muy poco de los colombianos. Pueden cambiar el poema de Núñez, por mí que lo hagan, pero sobre todo para molestar a ese patriotismo arrogante e implacable que ha estado recorriendo el mundo desde Oriente Próximo hasta Estados Unidos: por eso mismo, para que no se sigan cometiendo infamias en el nombre de “la patria” ni de “la democracia, maestro”, para que sea claro que creemos que todos los colombianos cabemos en Colombia, para reconocerles a las víctimas esta guerra que no ha sido un embeleco de los campesinos, sino una pesadilla en este país a esta hora de este día, hay que votar ‘sí’ a los acuerdos de paz en el plebiscito aprobado por la Corte.

Nuestra necedad no tiene por qué ser inmarcesible. Para qué una estrofa doce, para qué diablos la ley, si aquí sigue mandando el patrón.

 

Fuente: Ricardo Silva Romero. El Tiempo.

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