¿Quién será el Trump colombiano? Columna de Jaime Castro

(Foto: Archivo / El Espectador) (Foto: Archivo / El Espectador)

El espíritu, los principios, contenidos y compromisos del Acuerdo harán parte de la Constitución.

Nuestro sistema político ha tenido siempre déficits de legitimidad, pero hoy es completamente ilegítimo por su origen y comportamiento. Lo primero, porque es producto, en la mayoría de las elecciones, de la presión y coacción oficiales, el fraude y la compra de votos, prácticas que se trasladan a todo el sector público. Por su comportamiento, porque la corrupción ya pasó la raya de las justas proporciones y contamina buena parte de sus decisiones. Por eso la opinión desconfía, cada día más, de la política y hasta de las instituciones y no cree en nada ni en nadie; y si lo hace en algunos, sus márgenes de credibilidad son bajos. A lo anterior súmense la destorcida económica, el costo social de la globalización y la reforma tributaria.

¿Cómo se expresarán electoralmente estas situaciones, que son caldo de cultivo para movimientos de protesta y rebeldía ciudadana? ¿La votación del plebiscito alertó sobre el coletazo que puede tener el proceso de paz? Los principales actores políticos no se dan por enterados de lo que puede pasar. Ninguno sabe dónde está la salida del túnel ni propone cómo buscarla. Se conforman con el reparto de la nómina, los contratos y la ‘mermelada’.

¿Alguien llenará ese vacío político y esa falta de liderazgo? Las Farc son las únicas que tienen proyecto político y estrategia para lograrlo, de la que el proceso en curso es pieza maestra para conseguirlo y del que Enrique Santiago, su asesor más calificado, ha dicho que “debe funcionar como un precipitador de la izquierda, de unidad de los movimientos antineoliberales” y ser “alternativa política de poder real, igual que ha pasado en otros países de la región. Ese tiene que ser el futuro de Colombia y la utilidad mayor del proceso de paz”. Por eso en el Acuerdo Final, que es plataforma ideológica y programática del partido que las Farc creen, sus negociadores incorporaron las que seguramente son sus principales propuestas políticas, sociales, económicas, judiciales y administrativas. Consiguieron también que su partido tenga ventajas y facilidades que no tienen los demás partidos. Además, el espíritu, los principios, los contenidos y los compromisos del Acuerdo harán parte de la Constitución y obligan a todas las autoridades del Estado.

Lo anotado no quiere decir que las Farc logren conquistar el poder real de que habla Santiago, el cual no se reduce a unas alcaldías, gobernaciones y curules en el Congreso, pues seguramente harían parte del gobierno de transición que ya propusieron. Lo anterior se plantea como mera hipótesis porque es, hasta ahora, el único proyecto político que tiene claros sus objetivos, a más de que aglutinará toda la izquierda: los movimientos que hoy actúan con esa orientación serán vagón de cola del partido ‘fariano’.

Como esa coalición variopinta tampoco logrará representar todo el descontento social y la inconformidad ciudadana, no se debe descartar que aparezca un ‘outsider’, si se quiere advenedizo, intruso o aprendiz en la vida pública, no necesariamente de izquierda o de derecha, de todas maneras populista, que ofrezca el cambio, cero politiquería y cero corrupción, no más de lo mismo y que, para capitalizar posible insurrección electoral, también prometa castigar a la clase política y no gobernar con quienes tradicionalmente han manejado las palancas del poder en los sectores público y privado, sin perjuicio de que la combinación de candidaturas a la presidencia y la vicepresidencia dé lugar a heterodoxas fórmulas.

Lo que está ocurriendo y puede suceder en el inmediato futuro crea escenario nuevo y espacio político desconocido, que solo ocuparán quienes lean y entiendan el descontento social y la inconformidad ciudadana y descubran lo que hay detrás de la montaña.

 

Fuente: Columna de Jaime Castro para EL TIEMPO

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